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sábado, 7 de septiembre de 2013

UNA TRADICIÓN LITERARIA


De manera análoga al mester de juglaría y clerecía del medioevo en cuanto a la creación de identidad y fortalecimiento de la incipiente lengua española, las canciones populares, principalmente de ese universo vallenato, han dado una identidad, elevando los niveles de pertenencia y afirmación cultural al pueblo del Caribe Colombiano, a unas expresiones que vieron su consolidación como tradición en obras como la de García Márquez quien denomina su más reconocida obra, como un vallenato de 450 páginas, obra que es, a la vez, la consolidación de un universo que este autor venía trabajando desde sus obras anteriores. Adicionalmente a esta están otras obras como las de David Sánchez Juliao quien no sólo dedica un espacio amplio de sus reflexiones a la música popular del Caribe Colombiano, sino que incluye en la estructura de varios de sus libros la música popular, conformando en unas de sus novelas una trilogía musical con: Pero sigo siendo el rey, Mi sangre aunque plebeya y Danza de redención. Además compuso El indio sinuano (1974) canción que podría considerarse como una de las mejores de protesta en la música vallenata de acordeón y dio forma al guión de producciones para televisión, entre otras, unas basadas en este mismo tema, como la Pero sigo siendo el rey y Alejo, la búsqueda del amor. La obra de Manuel Zapata Olivella (junto a su hermana Delia), quien en su trabajo como antropólogo e investigador musical se apropió de esta y otras tradiciones que no sólo conllevaron a la formación del Ballet Folclórico Nacional de Colombia, sino que alimentaron su obra que es un monumento a los aportes de las negritudes a la formación de nuestra identidad cultural. La obra de Álvaro Cepeda Samudio, principalmente en La Casa Grande y varios de Los Cuentos de Juana está, igualmente, permeada por este espacio vivencial, existencial en el cual desde su infancia se desarrollaba. Otras obras, como la de Efraím Medina Reyes, por ejemplo, que pretendieron distanciarse rabiosamente del universo garciamarquino o el del caleño Andrés Caicedo quien, quizá con menos rabia, pero con un parecido sentido de rompimiento optó por distanciarse de la sombra del Boom, sitúan a estas como las consolidadoras de una tradición en un espacio cultural al cual se le había negado el derecho y la posibilidad de mostrarse, a su modo, en su literatura.

Plantear a partir de una obra como la de García Márquez al vallenato como una tradición literaria plantea, también, unos interrogantes sobre la evolución de las letras de las canciones que conforman este universo aún más allá de las recurrentes polémicas referentes a los aires que son o no son vallenatos, partiendo de la falacia de que, regularmente, se pretende llamar vallenato toda música tocada con acordeón y, por otro lado, pretendiendo desconocer la consagración que le ha dado el gusto musical a ciertos ritmos fuera de los denominados canónicos. En cuanto a lo literario, se deben considerar tres grandes secciones: La de los juglares o pioneros, hasta Rafael Escalona, incluyendo a  Tobías Enrique Pumarejo, Leandro Díaz y demás. La de los líricos, generación en la que la lírica alcanzó una expresión de gran altura, comandada por Gustavo Gutiérrez, Rosendo Romero, Fernando Meneses, Hernando Marín, entre otros y la generación siguiente, que se extiende hasta la actualidad, a la cual llamaré Sin Nombre por la dificultad enorme de clasificarla por no tener, más allá, del mercantilismo generalizado, al son dela Payola, unos decididos rasgos que la puedan definir, como a las anteriores. A mitad de camino queda una serie de compositores que, cronológicamente, nacen en un periodo intermedio entre los pioneros y los líricos y que, además, sus composiciones tienen, de alguna forma un poco de lo que caracteriza a ambas grandes vertientes, como una especie de bisagra entre las dos generaciones, entre los cuales están Camilo Namen, Adolfo Pacheco, Sergio Moya, Máximo Móvil y los dos Rey de Reyes de la canción inédita del Festival de la leyenda vallenata: Santander Durán (1987, 2007) y Emilianito Zuleta Díaz (1997). También debe anotarse que existe otra serie de compositores, no comerciales más bien o poco comerciales, en el mejor de los casos, que siguen cultivando sus letras con calidad y altura y prefiriendo cantarlas en las parrandas, en conciertos privados o grabarlas en producciones independientes, sin mucha amplitud en su comercialización y fuertemente golpeadas por la piratería.  Se ha dado un cambio de contexto en cada una de estas etapas, pasando de los compositores campesinos, usualmente analfabetas, a los de las pequeñas poblaciones con algún grado de estudio, llegando a obtener como mayor grado el secundario, hasta los citadinos y universitarios de hoy día. Cambios que, inevitablemente traen cambios en los temas de las letras de las canciones o en el enfoque que le es dado a los mismos temas; sin embargo, lejos de evidenciarse una generalizada mejoría en el tratamiento del lenguaje, la métrica, las metáforas y, ante todo, autenticidad, se nota un decaimiento en estos y otros puntos que demeritan al género vallenato, tanto en lo literario como en lo musical. En esta generación Sin Nombre, en la cual el contenido literario de las letras de las canciones se ha empobrecido considerablemente, estas letras casi siempre hablan de un solo tema: el amor, tema de toda gran literatura, pero que, en este caso es tocado de manera cursi, por decirlo menos, cuyo sujeto lírico es un sujeto humillado, fingido, llorón, que no asume su sentimiento con romanticismo sincero, profundo y trascendental, buscando elevarse a sí mismo y al ser amado, sino que se asume de manera masoquista y autodestructiva. Ante esta situación se toman distintas posiciones, tales como la de quienes desde escuelas de formación y festivales de interpretación o composición, pretenden mantener viva la tradición y su herencia de calidad literaria en las letras de las composiciones en contraposición a esos que han dejado trastocar el arte por obra y gracia del comercio matando con ello el sentimiento y la calidad en las composiciones a cambio de asegurar la sobrevivencia en el mercado y jugosas ganancias. Cosa que no está mal. Lo malo ha sido el grado de distanciamiento que se ha tomado de la tradición que no ha sido por reacción renovadora basada en un profundo conocimiento de esta, sino por ignorancia de la misma y afán mercantil, como bien lo deja dicho Diomedes Díaz en su composición La Rasquiñita, incluida en el LP El mundo, grabado con Colacho Mendoza en 1984:

Solo sé que mi folclor no es pista de competencia.
Es un acto de nobleza de un pueblo trabajador,
que al compás de un acordeón dice y canta lo que siente.
Yo que voy cantando siempre mis canciones con el alma,
las que me dieron fama, que hacen respetar mi nombre,
no como ciertos cantores que lo hacen por afición

y aprovechan el folclor pa’ hacer sus negociaciones.

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