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sábado, 7 de septiembre de 2013

LA INSPIRACIÓN

La inspiración, ese estado de gracia irresistible y deslumbrante que sólo niegan quienes no han tenido la gloria de vivirlo, según decir de García Márquez, es, desde tiempos remotos, la forma como se revela lo poético. Para Homero, el poeta era un ser inspirado por un ingenio [1] el daimon, un ente externo al artista que era, en gran medida, el responsable del éxito o el fracaso de sus obras: El genio que asistía a los genios o le faltaba a los mediocres. Es una creencia que va en la misma dirección de la que nos es dada por Platón, principalmente en los diálogos el Fedro y el Ion, en los cuales ve al poeta como un ser enajenado y dirigido por las musas, siempre llevado por un agente externo, una inspiración divina, un arrebato místico de comunicación plena con las divinidades. No se ha solido tener como una actitud, una capacidad o un talento natural, propio de la mente del artista, quitándole, con esto, en gran medida tanto parte del éxito o el fracaso, como de la responsabilidad que, consecuentemente acarrea cualquier producción humana. La voz del poeta es vista como suya y no suya a la vez, permeada por un intruso que, muchas veces es difícil de controlar: intruso de múltiples nombres, como hemos visto, pero de naturaleza prácticamente idéntica.

La inspiración, análogamente, puede verse como la fuerza motriz que pone en marcha los procesos creativos y, más que creativos, vitales. Con esta última visión es con la cual me siento más identificado. A ésta puede encontrársele casi en cualquier parte, o sin el casi: En una de esas muchachonas que cuando caminan pareciera que no quisieran ni tocar el suelo, que se contonean como levitando y transforman el ambiente con su caminar, en la sonrisa, el beso y el abrazo de un hijo, en las atenciones incansables de una madre, en un despecho, en un olor, como el de la tierra mojada por la lluvia, el de una fritura o un guiso, el de un perfume, el de una llaga, en un lugar, en una ausencia, en un dolor de muelas, en las historias de los abuelos, en fin, en cualquier cosa… y, sin embargo, dicha inspiración no deja de ser no más que la fuente del proceso creativo, después de lo cual viene lo más difícil, el verdadero trabajo, para lograr sostener la idea, el concepto, la proposición y llevarla a ser, lo más fiel posible (cosa bastante difícil de lograr con regularidad), a lo que se ha concebido a raíz de la inspiración. A la obra terminada que puede ser un cuadro, una escultura, un edificio o un poema. Y la obra, toda obra, es el fruto de una voluntad que transforma y somete la materia bruta a sus designios [2] bien sea tenida esta voluntad como propia del artista o, en ocasiones ajena, como sucede al encontrar la rima esquiva de un verso y no se sabe claramente de dónde provino esa ayuda providencial en medio del bloqueo creativo. La inspiración es, entonces, el milagro, totalmente imprevisible e inexplicable. En decir de Jaime Jaramillo Escobar, el inspirado no sabe él mismo lo que saldrá, una vez que esta le mueve la mano [3] y, por ello, las obras inspiradas son las más auténticas y, también, las más escasas.
La inspiración puede desembocar en diversos tipos de productos finales: En creaciones fulgurantes solitarias en medio de una creación generalmente mediocre, en sagas complejas como las de Maqroll, de Macondo o Changó, las Barracudas de Obregón, las Mariamulatas de Grau o los Sansebastianes de Manzúr, en estilos definidos como los edificios de ladrillo limpio de Salmona, la sabrosa mordacidad del Tuerto López, el vendaval verbal experimental de León De Greiff, los laberintos verbales Borgianos, la vibración marítima Nerudiana, el desparpajo de X-504, la suntuosidad de Valencia y Darío, las oscuridades de Poe y Baudelaire, en las complejidades geométricas de Rayo, en la monumentalidad histórica de  Arenas Betancur y en tantas otras posibilidades creativas como artistas pueda haber; dependiendo esta variables de sus experiencias de vida, de sus visiones del mundo, de sus preferencias y su odios, todo esto cultivado en su disciplina de trabajo, con su dominio de las técnicas de su arte propio, en su entrega total a su oficio: En darlo y dejarlo todo por alcanzar la meta que le proponga su inspiración, muchas veces inalcanzables.

La inspiración puede ser bienvenida o rechazada, nunca negada y puede, también, ser vista de diversas formas, más o menos comprensibles, pero lo que no se puede, de ninguna manera, es pretender que la inspiración por sí sola, sin trabajo, sin formación y técnica de trabajo, sin sacrificio, realice la obra. De la inspiración depende el principio ( y algo del recorrido), el final depende del artista.

Notas
1 Joaquín Roses Lozano, Sobre el ingenio y la inspiración en la edad de Góngora, CRITICÓN. Núm. 49 (1990)
2 Octavio Paz, El Arco y La Lira, Fondo de Cultura Económica (1956)

3 Jaime Jaramillo Escobar, Método fácil y rápido para ser poeta, Luna Libros (2011)

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