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domingo, 11 de mayo de 2014

VALLENATO PROTESTA 2


En la línea de denuncia de la explotación de los recursos por parte de las compañías extranjeras está cifrado el paseo Las bananeras, del maestro Lorenzo Morales, grabada por Jorge Oñate con Los Hermanos López, en el álbum Rosa jardinera de 1974.

Se fueron, se fueron las bananeras,
explotaron, explotaron la nación.
Sólo quedan los recuerdos de otras eras,
añoranzas y quimeras, deudas, penas y dolor.

Porque allá en la zona bananera,
allá sufre sin queja un pueblo soñador,
que nada ganó al pelear dos guerras,
¡Ay! Sólo que hoy olviden su dolor.

Siguiendo por la línea de La dama Guajira, ya no en cuanto a la explotación transnacional, sino en cuanto a reclamación por el relegamiento al que se han condenado los pueblos indígenas, están las composiciones: Yo soy el indio, de Romualdo Brito, grabada en el trabajo Los profesionales de 1979, por Diomedes Díaz y Colacho Mendoza y, del dos veces Rey de reyes de la canción inédita en el Festival Vallenato: 1987 y 2007, Santander Durán: Lamento Arhuaco, ganadora del cuarto Festival en 1971 y La canción del valor, ganadora del vigésimo Festival en 1987.

Romualdo Brito al ponerse a sí mismo como objeto de la denuncia y del sufrimiento que denuncia incursiona en un punto que es también interesante y actual, al señalar la censura, abierta o velada, que los gobiernos y demás figuras de poder han hecho a quienes se atreven a levantar la voz, señalando la manipulación llevada a cabo por los medios masivos de comunicación, al servicios de los poderosos.

Yo soy el indio guajiro
de mi ingrata patria colombiana,
que tienen todo del indio
más sin embargo no le dan nada.

No hay colegio pa el estudio,
ni hospital pa los enfermos.
Todavía andamos en burro
y en cayuquitos de remos.

¿Y entonces cual es la vaina,
que es lo que pasa con nuestro pueblo?
El gobierno no da nada
y nos censura por lo que hacemos,
lo que nos da es mala fama
por sus periódicos embusteros.

El maestro Santander, por su parte, realiza una revisión nostálgica de los restos de las civilizaciones primitivas que poblaron los territorios del Valle de Upar y la Sierra Nevada de Santa Marta en la primera canción referenciada.

Allá en los picos de la Nevada
en donde queda San Sebastián
viven los indios de piel tostada
de canto triste, sin sol ni pan.

Fueron guerreros de raza valiente
que derrotada ante el invasor
huyó del valle donde la muerte
iba a caballo conquistador.

Hoy solo quedan de aquellas glorias
leyendas, ritos, resignación,
muchas tristezas, bellas historias
y el gran olvido de la nación.

En la segunda da un paso más en su denuncia, construyendo una voz épica en la cual el autor mismo toma la voz del héroe que protagoniza la epopeya largamente anhelada en busca del restablecimiento de la dignidad pisoteada de su pueblo.

Me sobra el valor para lanzar
de esta historia sagrada al blanco invasor,
de voz guerrera y desafiante espada,
sigiloso como el tigre en la llanura,
he llegado al frente de mi nación.
*
Entre hechizos anoche el brujo contaba
que ha tenido, que ha tenido, una visión:
triunfaremos pero seré ejecutado
cuando dé su contra ataque el invasor.
No me importa si la muerte es mi destino,
quiero darle como herencia a mi nación,
el orgullo incomparable de ser libre,
aunque tenga que pagar, con su extinción.

Finalizando este levantamiento en pro de los derechos de los indígenas, el maestro contador de historias David Sánchez Juliao, pone un punto alto con el paseo El indio Sinuano, de múltiples grabaciones y gran recordación. En esta obra él no sólo denuncia los atropellos y usurpaciones de los blancos, sino que profetiza un levantamiento de su raza en reclamo de sus territorios ancestrales.

Yo soy indio de los puros del Sinú,
yo soy indio cholo, chato y chiquitín.
Esta tierra, es mi tierra,
y este suelo, es mi suelo.

A mi casa llegó un día un español,
y del oro de mi padre se apropió
y la tumba de mi abuelo,
como guaca exploró.

Y mi tierra me quitaron de las manos,
despojado quedé yo con mis hermanos,
Al abrigo de los vientos,
relegado a los pantanos.
***
Oigan, blancos, les advierto, sí señor,
que mi raza volverá a estar como el sol,
a pintarse los cachete de color,
y a infundirles a ustedes miedo y temblor.

Porque… Esta tierra es mi tierra,
y este cielo es mi cielo.

Otra cara de la protesta vallenata que alimenta no sólo la poética sino la novelística y toda literatura nacional desde los años cincuenta es la cara de la violencia, principalmente la de la vida pública, tema recurrente en Colombia desde los inicios de su vida republicana. Este acercarse de manera reiterativa a la violencia no siempre ha sido efectivo para combatir la desmemoria colectiva, la falta de coraje o el temor impuesto que no permiten asumir la verdad de las distintas formas de violencia que han cercado la realidad histórica nacional. Sin embargo, uno pocos toman conciencia de ello y tienen el valor de aventurarse en un ejercicio creativo que sirva de denuncia o lamento y tratan de hacer sentir su voz a pesar de los señalamientos que esto les pueda causar e incluso, las censuras en los medios de comunicación, las disqueras y hasta en los festivales. La samaria Hortensia Lanao, primera mujer en ganar en la modalidad de canción inédita vallenata en el XXVIII Festival, en 1995, viendo la forma en la que Valledupar estaba siendo azotado por la violencia que, incluso, llegó a poner en riesgo la realización del certamen, convencida de que cantar era una de las fórmulas para alejar la maldad, hilvana en su canción, ¿Qué hago Señor? el dolor y la desesperación de todos sus paisanos, llegando a constituir más que una protesta a un agente indeterminado del mal, una oración de súplica descarnada y dolorida.

Quiero que vuelvan los tiempos
aquellos momentos de felicidad
quiero abrirle el pecho
sembrar sentimiento, borrar la maldad.

Miro al cielo buscando la salida
de este camino incierto para vivir
en mi Valle, Valle de mis ensueños
ese que tanto quiero y hoy veo sufrir.

En esta misma línea de la violencia, causada por agentes difíciles de definir por sus intrincadas redes que, recurrentemente se entrelazan y encubren mutuamente, el maestro Emilianito Zuleta Díaz, Rey de Reyes de la canción inédita vallenata en 1997, precisamente en la canción que logró esta distinción, llega incluso a ofrecer sus manos,  lo único que tiene en la vida, como ofrenda para poder ver de nuevo a su Valle querido transformado en un lugar de paz y progreso.

Ya no es el Valle que conocí aquel día,
cuando en el Loperena ¡ay! lo comencé a querer.
Yo era un muchacho que a veces amanecía
tocando serenata subido en un andén.

Ya no se puede tocar por las calles
así como anteriormente se hacía,
de cualquier parte un disparo nos sale,
ya uno no vale lo que antes valía.

Aquí ninguno responde por nadie
ese es el plato de todos los días.

En el álbum Vallenato con estilo, de 2010, de Oscar Camelo, apareció la canción: Callaron las risas, de autoría de José Amín Díaz, canción que no solo es un claro testimonio de la violencia que ha desangrado al país desde siempre, sino que es una canción que da una muestra clara de que el vallenato narrativo no está muerto de parte de los creadores, sino de parte de los comerciantes musicales, quienes dictan que suena y que no en las estaciones de radio. Esta es una canción que, al describir los hechos que denuncia, reivindica también el lugar que se le ha negado a las canciones juglarescas que caracterizaron al vallenato desde sus orígenes hasta su banalización comercial.

Hablo por los niños que están sin padre,
que también llevan la misma bandera.
Los mismos que dejaron sus parcelas
para pedir limosnas en la calle.

Son inocentes blancos de la guerra,
les callaron las risas a sus vidas.
No pueden caminar, si están sin piernas,
por culpa de esas minas explosivas.
*
Cuanto yo diera para que la risa
vuelva a los niños que un día se callaron.
Ese fue el día que a un padre se llevaron
y mas no se volvió a tener noticia.

Cuantos desplazados por la violencia,
se van pa la ciudad a buscar ayuda,
pero allá todos les cierran las puertas:
entonces la ciudad más los tortura.

En la canción El cambio social, se continúa la denuncia de las consecuencias que ha dejado esa guerra absurda en la que el país permanece inmerso, sólo cambiando los nombres de los actores, en algunas ocasiones, mostrando el punto de vista de un desplazado que llega a la ciudad con el anhelo de recuperar algo de lo que perdió en su pueblo, sin imaginar que la selva de cemento es aún más inclemente que el campo del cual proviene.

Soy el hombre marginado
que hasta la ciudad llegué,
campesino colombiano,
sincero y de buena fe.

Buscando amor, justicia y paz
lo que he encontrado es calamidad,
el pueblo exige cambio social:
¿Colombia quién te lo dará?

Para que viva tu gente
como en verdad se lo merece

Soy campesino que vengo
de orilla del rio Cesar,
soy el propio sufrimiento

que nadie quiere calmar.


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