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viernes, 30 de agosto de 2013

EL DÍA QUE APRENDIMOS A GANAR


Me da tristeza, sí, me da tristeza de uno… ahora me da tristeza y me da rabia para mí mismo, conmigo mismo, porque yo fui que tuve toa la culpa de todo lo que me sucedió…  Lo vi pasarse la mano izquierda por la cara, nuevamente para defenderse, pero no de un Jab sino de sus lágrimas. No pestañó, casi no puedo ver como se le aguaban los ojos sin dejar de mirarme, de sacar repetidamente la lengua, como mojándose los labios resecos, como un tic incontrolable. Sólo en ese momento se quebró durante toda la conversación, sólo en ese momento se sintió vulnerable, también, sólo allí no me vio como un extraño o como un chiquitín a quien lo que más hay que enseñarle es a mantenerse como el roble: firme. Sólo fue un par de segundos y de nuevo se volvió a encerrar en su inescrutabilidad de pantera negra, en su orgullo de campeón mundial. En su ira y su indiferencia.

Mi hermana, Julia, me dice que a veces llego a la casa borracho y me pongo a pelear con la ropa que está colgada en el patio… Me mira, suspira. Recuerdo las tantas veces que ha salido en las noticias, andrajoso, furioso, insultante. Loco. Papá siempre cambiaba de acera cuando lo veía venir y, desde que tengo uso de razón no lo había saludado, como lo hacen todos: Champion… Campeón… temía que le diera uno de esos arrebatos al lado de nosotros. Prefería verlo en la casa de Torices, relajado, calmo, donde lo había conocido hace muchos años.

Un púgil categoría welter puede golpear con una fuerza de 248 kilopondios: suficiente para lograr que el cerebro de su oponente se mueva dentro de su cabeza como el interior de una caja de chicles sacudida con violencia, al golpearlo. Eso debió joderlo o la droga, o las dos cosas juntas, me decía mi papá cuando yo le preguntaba por él al verlo en las calles como un pordiosero. No. Eso no tiene nada que ver con el boxeo, ni con el bazuco y el ron, me dice su hermana una tarde que llego a buscarlo: el bazuco y el ron disque le agravan esa vaina, han dicho los doctores, pero que el problema de él es hereditario. Mamá Ceferina ha sufrido crisis de nervios, lo mismo que Idelfonso y Pablo, hermanos de nosotros.

Cuando llegó yo estaba dándole matracazos a la pera loca, sudando como un burro: Entró como en medio de una calle de honor, con caminaito de ya tu sabes, como bailando, bacanamente, con el tumbao que tienen los guapos al caminar, el tronco erguido, los hombros en posición de combate, andando en las puntillas de los pies: sólo le faltaba hacer la V de la victoria o levantar el pulgar como lo hace cuando lo reconocen en las calles, en sus periodos de calma y bacanería. De caballerosidad. Entró como desfilando. ¡Cómo no!, me decía yo, siendo el más extraordinario boxeador de las 140 libras, por los siglos de los siglos, amén, yo también entraría desfilando así no tuviera un puto peso en el bolsillo. Me saluda y me pasa la mano sobre la cabeza, me agacho, dando media vuelta y me suelta un gancho cariñoso, sonriendo. Sigue cada cual en su cuento. El suyo es llenarse de nuestra energía y de vez en cuando darnos algunos consejos frente al saco, la pera o al compañero con el cual practicamos. Boxear la vida.

La primera vez que pude verlo bien de cerquita, sin que papá tratara de alejarme fue la vez que estaba que le zampaba la mano a Alberto Salcedo: Ese día peleaban en la plaza de toros Martín Valdez y el Chicanero Mendoza. No sé qué le haya dicho Alberto, pero estaba que se lo comía vivo: ¿tú te imaginas esos dos puños temibles bailándote frente a la cara, concentrando toda la fuerza de que son capaces contra ti, sincronizando ese cuerpo sólido a pesar de los estragos de los golpes de la vida? Te imaginas el puñetazo y deseas que algo falle en la secuencia de movimientos que terminan en los nudillos: tal vez los pies que están empotrados al piso o las largas piernas de gacela, queriendo que la energía se salga de camino antes de llegar a la cintura y la cadera que se empieza a girar decididamente, para que no se puedan alinear correctamente el hombro con el brazo, antebrazo, muñeca y puño. Cierras los ojos pintándote el borde impactante de los nudillos en el tabique o la barbilla y zúas, a la mierda o a la lona, que es lo mismo. Pero no, apercollaron a Pambelé y lograron salvarle la vida a Alberto.

Él nunca se había puesto a hablarme de sus vainas, de nada que no tuviera que ver con sus hazañas en el cuadrilátero, por eso me sorprendió escucharlo decirme esas cosas al acercárseme a la banca donde descansaba después de una cesión de pesas. Yo gané mucho dinero, empezó a decirme, mucho dinero. Gracias a mis trompadas y mis vueltas, Palenque tuvo electricidá, acueducto, y una carretera… Seguía siendo un tipo magro, pero ya no tan sólido, ya no era esa mole prácticamente infranqueable que le bajó los sumos al general Torrijos y, con él, a Panamá entera. Pambe… le dije. Me volteó a mirar y me sostuvo la mirada sin decirme nada, se me vinieron a la mente tantas preguntas que siempre quise hacerle, pero se me atoraron en la garganta mientras me descalzaba los zapatos. Volvió de nuevo la vista hacia el centro del gimnasio.
-       ¿Cómo te sientes, Champion? Le preguntó el joven Kid Picaflor, como todos le decían por su gran éxito con las muchachitas de los barrios Daniel Lemaitre y Marbella.
-       Bien, pica… la verdá, no sé… más bien mal…
Volví a pensar, nuevamente, en lo que la gente recuerda ahora de él: la mayoría de los muchachos de mi edad deben creer que él es un adicto revoltoso, busca pleitos mal hablado y patán, seguro que no saben, como tampoco muchos de los que aprendieron a madrugar con él, que tiene Parkinson y es Bipolar y por eso es que se comporta así, pasando de la euforia a la depresión con tanta facilidad. Tampoco saben que usa pañales. Sólo se burlan. Ninguno se pone a pensar en todas las lesiones que trompada, tras trompada se van teniendo en el cerebro: Pum, un golpe en la boca. Pum, en la nariz dolorida. Pum, en el mentón. El boxeo es un deporte de sanguinarios: ni los contrincantes, ni los espectadores están bien hasta no ver sangre y, ahí sí, entonces, chorreando sangre, ¡estalla la euforia!

Recuerdo la primera vez que me dijo algo, me puso el codo izquierdo en la espalda y con la mano derecha me echó a atrás la cabeza: Erguido, me dijo. Me separó más los pies, dándoles pataditas con los suyos: Compás perfecto, me dijo.
La mano izquierda adelantada, mantén con ella la distancia. Y la derecha, como un fierro, firme, como un tiro, lista pa reventar… Él sabía pegar incluso retrocediendo, cosa que no cualquiera hace, sólo pocos y en esas me puso: Me llevaba a las cuerdas, lentamente, se movía más rápido que mis nervios, que aún no lograban reponerse del asombro de verlo frente a mi indicándome algunos movimientos: Pégame, me decía, tira… no retrocedas sólo cubriéndote… pero se dio cuenta que no daba pie con bolas y se bajó del cuadrilátero.

Él no siempre estaba en los entrenamientos, sólo daba una vuelta cuando venía a visitar a su familia, de resto, permanecía en Turbaco, que es donde vive ahora, después de que volvió a quedar en la pobreza. Un día llegó y estábamos Simancas – ¡el Chaparrito, la esperanza de Champetesburgo!, como le dice Eugenio Baena - y yo dándonos unos trapasos: casi junto a él entró La Yelo, mi novia. Me distraje y Simancas aprovechó pa venírseme encima: Alcancé a ver su sombra deforme abalanzándoseme rápidamente, la mancha negra que tenía que ser su guante derecho y, casi enseguida, el guarapazo en mi pómulo izquierdo: ¡Buen cruzado, Chapa!, gritó Pambe. Eso te pasa a ti por güevón, me dijo acercándoseme en la lona. Párate, pendejo. Mientras él le seguía el paso a  Gillespie, tarareando Manteca, yo iba recuperando las formas y los colores y Chaparrito pasaba, por obra y gracia de mi encoñamiento, en un abrir y cerrar de ojos, de sus habituales 108 libras a mucho más de 180: como si me hubiera dado de frente con un muro de concreto. Parame bolas, me dijo: Yo gané aquella pelea porque cumplí al pié de la letra la planificación de 'Tabaquito' y porque pegaba duro… Yelo me preguntó que si quería seguir y, sin pensarlo dos veces, dije: Si. ¿Cómo va uno a tirar la toalla con la novia presente? Empecé a tirar unos golpes sin rumbo, que se perdían en el vacío, más por mi atortole que por las fintas de Chaparrito. Estaba contento. Yo pensaba en el momento en que pararan el entrenamiento o que ese marica me terminara de joder, pero nada, se dedicaba a mamarme gallo dando saltitos y meneándose como Happy Lora. Sonaron la campana. ¿Quién carajos sería? Sea quien sea me provocó darle un pico enseguida. Me limpiaron la cortadita del pómulo derecho y, con ese ardor, empecé a hacerme consciente de que era a mí al que tenían casi noquiao: los momentos posteriores a un golpe de esos uno no sabe si al que le dieron fue a uno o a otro. Uno como que se desdobla: sólo se está dejando llevar por la naturaleza de las cosas, la inercia de los movimientos y la sensación de dolor que se abre a partir del punto de impacto, pero allí es casi nula, como si el mismo mamonaso lo dejara anestesiado. Ándate tranquilo: El mejor golpe no es el más fuerte, sino el más oportuno, calcula el momento preciso y palante, sino nunca vas a tener carro de bomberos, ni reinas de belleza, ni bailes con presidentes y políticos… ¡Cuidao vas a hacer como El Flecha cuando lo llevaron a pelear a Montería, cuidao vas a sacar el culo y te vas a ir corriendo pal carajo! Apenas terminamos Chapa y yo seguimos charlando y así siempre en el cuadrilátero hasta que se me vino a sentar al lado.

A uno como negro no le queda más alternativa, Pica… eso de pasármela toda la vida lustrando zapatos y vendiendo Kent, Lucky y Marlboro en el Centenario a mí no me gustaba… como tampoco me gustaba el colegio. Tocaba rebuscarse, coger la medallita de la milagrosa en los bolsillos y hacerle, pero nada… ¿me entiendes?
Yo que lo tuve todo y que lo perdí todo no sé cómo, en este país, uno, de carpintero, celador, latonero, jardinero, albañil, librero, arreador de agua, barrendero, embolador, instalador de tv cable, vendedor de cigarrillos, mototaxista, carretillero, compositor, carga bultos, vendedor puerta a puerta, portero de cabaret, disc jockey, cabrón de puta vieja, pescador, ayudante de bus, fabricador de jaulas y trampas para cazar ratones, asesor de call center, vendedor de helados, bibliotecario, chacero, panadero, escritor, chancero, administrador de un remate, carnicero, mandadero, revoleador, vendedor de dulces en los buses, jornalero, serenatero, bombero, fotógrafo de fechas especiales, enfermero, consolador de veteranas, locutor, sacristán, soldador, voceador de periódicos, vendedor de tinto y otras aromáticas, cuenta chistes, llantero, cultivador de papa y demás plantas licitas, mecánico, lechero o empalmador, puede vivir. No lo entiendo sabes. Lo que gana uno en esos oficios, no da ni pa mamarle gallo a la tripa. Ni mierda, cuadro.

Nada cansa más a un boxeador que los golpes perdidos en el vacío y de eso sí que había sabido Pambe, desde el principio. En diferentes momentos de su vida había tenido que mandar golpes desesperados que se perdían en una nada incomodísima: unas veces por inexperiencia, por carencia de técnica otras por no saber qué hacer, por miedo. Por ese atortole que le produce a uno ser el centro del universo y no haber recibido clases para serlo, si me entiendes, es una vaina como cuando a uno le dice que sí la peladita que le gusta en el colegio y, después, no sabe ni qué hacer con ella, ni siquiera como cogerle la mano. Pero antes de uno llegar ahí tiene que remar contra la corriente, que pararse firme en la raya y demostrar que uno tiene las pelotas bien puestas y que puede. Peppermint no ganaba el combate como mucha gente dice. La pelea estaba prendida, fogosa. Era bueno y pegaba fuerte, pero yo le saqué provecho al trabajo que había hecho en su cuerpo. Lo fui demoliendo. Estaba hasta las tetas el Gimnasio Nuevo Panamá esa noche: veintiocho de octubre. Sábado. Nadie lo podía creer. Al día siguiente, El Espectador, orgulloso, resumía así los 75 segundos que duró el último asalto de esa pelea: Cervantes tira izquierda a la cara. Fuerte respuesta de Frazer. Frazer cayó para conteo de ocho. Vuelve a caer por segunda vez. El retador conecta con derecha e izquierda a la cara y Frazer cae por tercera vez. El árbitro declaró a Cervantes como campeón. ¡Qué vaina tan aburrida! En El Heraldo sacaron lo que narró Edgar Perea y, hasta escrito se ve mejor: Atención Colombia, una derecha por Pambelé, se va a la lona Pepermint… ¡Colombia, Campeón Mundial! ¡Pambelé Campeón del Mundo! Qué diferencia con la narración que él mismo me hiciera una vez viéndome entrenar, mamando gallo, echando vainas porque yo tendría que callarle la boca a la gente que nos mira maluco por ser negros. Él se inventaba una pelea mía contra el hambre. Decía: Vemos allá a la hambruna en su esquina, con bata de tela francesa sacada de las cortinas del jockey club, zapaticos tenis importados, sin aranceles, pantalonetica con la bandera de los estados unidos, guantes de cuero de cabritilla europea. Es masajeada y asistida por el señor presidente de la república y su gabinete de calanchines. Lista la hambruna en su esquina: TLC. Y en la otra esquina, fanáticos del boxeo, Kid Pambelé, con tenis palenqueros de cuero de abarca, pantalonetas de lona de hamaca morroana y un guante de cátcher, vuelto mierda, en cada mano. Lo masajea y lo asiste la jodidez de este hijueputa mundo. Listos los boxeadores en el centro del rin. Se abrazan la hambruna y Pambelé. El referee, este hijueputa sistema de vainas, se aleja y hace la seña. Los boxeadores se cuadran en el centro del rin y empiezan…

-       Los dictadores también tienen derecho a llorar, Pambe, le dije, a la baja nota… Me miró raro. Es que fueron dieciocho defensas, Pambe, dos reinados largos…
-       Sí (sonrió), el torpe vende cigarrillos se convirtió en una máquina de tirar trompadas casi invencible. Se jodieron conmigo.
-       Es que contigo aprendimos a ganar…
-       Pero no el veintiocho de octubre del setenta y dos. Fue el primero de marzo del setenta y tres.
-       En la segunda pelea con Nicolino, el intocable.

-       Aja. Ahí si confiaron en mí. Ese fue el día que aprendimos a ganar.

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