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sábado, 31 de agosto de 2013

El canto de las serpientes



Comienzo a enamorarme de los harapos del cielo
que nos aúllan azules, podridos desde el hueso de las nubes.
Y de esas muertas que brillan en vano,
también de las lluvias ácidas que tanto se parecen a nosotros.
De ese asfalto que se desmenuza en desesperanzas interiores
y de los metros y los taxis y los reactores que saturan el espacio,
donde el ozono agujereado es un expreso hacia la muerte.
Comienza a gustarme la decadencia de nuestra suntuosa inutilidad
y todas las recetas que entregan al alma una falsa cirugía plástica.
Comienza a gustarme lo que no sirve estrictamente para nada
sino para pagar impuestos a las estrellas del momento.
¡Pero cómo nos gusta ofrendar a dioses estúpidos
el candor de nuestros tormentos!
Como el de ese hermoso país de la flor de lis adúltera
y cómo todo el mundo desea amar entonces amémonos.
En una letanía idiota hagamos saludos a nuestros fracasos,
aplaudamos la bravura de una noche alrededor de baboseadas.
¿No decimos que somos descubridores de castores, osos y tribus?
¿O no somos cosmonautas de un planeta incomprendido?
Comienza a gustarme ese final que se burla de nosotros,
Lo más rápido que llegue, mejor será.
Sé que a veces el amor es un tarro de basura
y que las sonrisas de los cosméticos están repletas  de ácidos concentrados.
Vayan pues a escribir a vuestro espejo los besos de lápiz labial,
vayan a vuestras casas a educar a los futuros monstruos
del próximo milenio, para una ficción de cartón.

Comienza a gustarme el no tener nada más que hacer,
duerman gente de bien porque en estos tiempos
se prepara todo un espectáculo
y las poesías sonoras de los agu – agu antológicos
y los afrodisiacos anales de los miembros ejecutivos,
como comienza a gustarme todo el resto contaminado.
Lo que ya escribí.
El apocalipsis hace Tap-Dance sobre el planeta
¿Is it Tango or Rock n’ roll or Heavy metal?
o el descuento de las uniones.
AM FM de una oreja a otra no es más que un problema de cerumen.
Pero siempre me gustaron los ojos instantáneos,
las caricias miopes y las pieles safari de las noches,
sobre todo aquellas de lecturas que parecen tan sofisticadas.
¡Ah! sin duda comienza  a gustarme el imposible,
lo que sucede después de las rebajas en los saunas,
lo de los baños de los bares con sus historias de ferias públicas.
Pero quizá apenas comienza a gustarme
el lirismo de un payaso gótico.
No tengo nada que perder después de la del país.
Verdaderamente no me arrepiento sino de uno o dos amores,
o quizá tampoco,
o quizá comenzamos a amar. Quizás.
No tengo fronteras ni tabú natural
y todo cuerpo capaz de provocar erección al papa bienvenido sea.
En realidad no tengo más que la palabra como una herida abierta.
Me gusta el sonido del hielo de la noche en el cristal de un vaso,
el fulgor ahogado de una estrella polar al fondo de un pozo llamado luz.
Podemos amar el ser bávaro del otro.

Tengo la lengua afilada lista a escalpar cerebros,
tengo el ojo de lince apto a ubicar perdidos de sentimiento,
tengo la boca desdentada del lobo hambriento pero aún eficaz,
tengo los brazos descarnados por culpa de lazos programados.
Comienza a gustarme tener que decir de nuevo las cosas olvidadas
y parece que ahora son proscritas,
porque sepa usted que hay ideas fétidas como las iglesias,
clases de cadáveres en gestación que aún se permiten flagelar.
Escucho el morado ronquido de una garganta apenas muerta,
inmediatamente agarro el alma con una cuerda y la suelto
sobre la pista de baile de un campus universitario,
los profesores desgarrados por sus tontas preguntas
y sin el menos gesto con sólo un simple fruncir de acento circunflejo.
La circuncisión de la nariz del lector de buenos libros en pijama.
Todos tenemos muchos demonios que quemar,
tomémonos todo el tiempo, eso hace durar el infierno.
Empiezan a gustarme las ficciones de fantasmas,
de lentejuelas con palabras travestidas y orgullosas de serlo.
Empieza a gustarme el viento en las ventanas térmicas,
los movimientos de las polvaredas de nieve que recuerdan poemas
y cómo olvidar tus labios vivaces de besos,
sobre todo cuando golpeaban a mi puerta, tal un viento indecente.
Por todo eso y por muchas otras cosas un poeta
llegó a serlo y les dice a otros que ama.
En aquel tiempo el poeta, más decadente que lo permitido,

aprendía a silbar el canto de las serpientes.

Jean Paul Dauost
Quebec, Canada.

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