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miércoles, 7 de agosto de 2013

AGUACERO

Estábamos en el borde de la barranca, a sólo unos metros del puerto de la boya, viendo el arrebol de la mañana resbalarse sobre el río de nuestras mañanas, tardes y noches, alistando el anzuelo y la atarraya, sintiendo ceder bajo nuestros pesos el agua y el barro podrido por la inundación. Era una mañana límpida, radiante, cálida: Perfecta para la faena que planeábamos tener. Diciembre parecía ya haberse posicionado en nuestras existencias de manera definitiva; sin embargo, nos seguía rondando, abalanzándosenos a veces desde la proa, a veces desde la popa de la canoa, la certeza de un diluvio temporal, que acabara de sacar de madre al río y nos obligara a mudar de nuevo al pueblo, antes de que se lo acabe de tragar o a mudarnos dejándolo a su suerte. Del otro lado, con una urgencia inusitada empezaron a tocar a rebato las campanas de la iglesia de Chilloa: Quizá el río haya horadado el dique que trata de impedirle su paso a través de la isla que lo divide en dos. Ya no sé hace cuantos meses esperamos que deje de llover y que el río deje de crecer y tragarse todo lo que se encuentra a su paso: Estamos casi aislados del resto del mundo a no ser por los celulares que, si acaso, serán la única cosa que nos podrá ayudar a gritar auxilio cuando no haya manera humana de atajar la muerte que arrastra entre sus aguas el río que nos ha dado la vida y ahora nos la quita a pedazos.


Aún algunas velas permanecen encendidas de la víspera de la inmaculada y ya los niños se organizan en sus filas, al compás de la seño Tere, para tomar su primera comunión en la iglesia: Nadie piensa en este momento en un posible aguacero: Borrachos amanecidos entonando vallenatos destemplados, pidiendo más ñeque, abuelitas diligentes acicalando a sus pequeños, afanosamente, antes de partir a la iglesia, el señor cura párroco viendo de reojo en el espejo heredado del cura guerrillero el retrato de sus papacitos, enfermos en ciudad de México, otros pescadores obnubilados por la subienda: Un viento pegajoso, en medio del calor de cataclismo que se nos abalanza desde la proa de la canoa, se nos enreda entre los dedos, parsimonioso, anestesiante, embrutecedor, galopante, entre las hojas abatidas y las piernas temblorosas, entre nubes pardas y crispadas, entre truenos rugientes, entre aguas de voces ásperas... Contario a lo que todos profetizan el aguacero se nos viene encima como un caimán hambriento, como un torbellino que golpea la canoa y la sacude con una fuerza brutal: No nos pertenece esta agua que nos arrebata la tranquilidad, no pregunta por nosotros, ni si es bien recibida o no, ni si nos hace daño o nos atemoriza: No le importa nada. No quiere saber nada de nosotros, porque nosotros somos los intrusos, los usurpadores de sus territorios ancestrales. De estas tierras de los manatíes y las babillas, de los sábalos y las tarullas. De la Luz de Sabayo, la Madremonte y la Mojana… No nos dice nada, tampoco le interesa decírnoslo, sólo continuar su tránsito hacia el mar de sus amores, en eterno retorno nteresa decirnoslo, sólo continuar su tránsito hacia el mar de sus amores, en eterno retorno...nteresa decírnoslo, solo continuar su tránsito, hacia el mar de sus amores, en eterno retorno...nteresa decirnoslo, sólo continuar su tránsito hacia el mar de sus amores, en eterno retorno...

A lo lejos, el sol y el agua contra el pecho de un nadador que, por imprecisable vez emerge nuevamente, arrastrando entre dientes a los ahogados de otros pueblos - los que se dejan llevar por el río, como por un sueño -, atados a una manila hedionda; el remoto canto de un pájaro tras el color del naciente sobre los arboles: Los músculos agotados, las voluntades vencidas, las esperanzas sulfatadas. Una cachimba medio encendida en su boca desdentada e inexpresiva, su humareda circular y perfumada. Vence de nuevo al río en su fluir devorador inmarcesible.
Bracea asediado por el sereno que se vislumbra ya en goterones cada vez más seguidos y robustos. El aguacero se desmadra sin darnos tiempo a recoger los aparejos ni a asegurar las carnadas. La jornada termina apenas empezada y se aplaza sabrá Dios por cuanto tiempo en medio de este invierno que vuelve a empezar. Lloverá quién sabe hasta cuándo, nuevamente.

Todos, estábamos a la espera... 


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