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jueves, 11 de abril de 2013

Bajo el puente San José


Esta noche llueve, un poco, como llovía casi todos los días y casi todas las noches de hace un par de años que llegué. Por una ventana, una gran ventana, a decir verdad, al fondo de la biblioteca del centro cultural Lucy Tejada, veo esta ciudad que es ya, casi, mía.
A nuestros pies su fea plaza emblemática.

El frío anestesia el hambre de Efrén, mientras las calles del nororiente de la ciudad van quedando solas por la llovizna creciente a punto de convertirse en una lluvia con todos sus papeles. La calle diecisiete está desierta, salvo por unos cuantos transeúntes azarosos bajo sus paraguas o cualquier cosa que pueda surtir el mismo efecto de resguardo. Se abriga con la soledad, exasperantemente acentuada ahora que se le acabaron la pega y el perico.  Vive, sobrevive, bajo el puente San José, a pocos pasos de la iglesia del mismo nombre y de la variopinta zona C de la ciudad. La lluvia salpica los bordes de la colcha de harapos y cartones donde se pertrecha cada que puede para intentar otra forma de evadir la sociedad con la que nunca se ha sentido del todo identificado. Intenta espantar sus miedos recalcitrantes, reparar sus pensamientos estragados por la resaca interminable, dejar regresar sus sueños de infancia: Una infancia no tan lejana, pero que es difícil advertir entre las grietas que han venido dejando los días, los meses, los años indiferentes, invariables, imprecisables de su existencia marginal.

Algunas putitas (travestidas o no) se asoman desde los antros de turno o los dinteles de las puertas de los comercios, cerrados hace un par de horas: Permanecen allí toda la noche (y el día) aunque no son las mismas, pero no es muy fácil diferenciarlas tras sus sonrisas tristes, sus labios rabiosamente pintados, sus pobres vestimentas que, frecuentemente, es menos lo que excitan que lo que espantan, sus miradas frías y penetrantes, calculadoras, sus mejillas de barro maltrecho que brillarán hasta que se les caigan la escarcha y la pintura. Su mascarada. Buscan con sus cabezas ladeadas (a modo de invitación), sus largas lenguas y sus dedos obscenos, un cigarrillo que siempre encuentran en la compañera de al lado, en sus labios cuarteados y doloridos o en sus bolsillos cargados de monedas y condones. Pasadas las diez de la noche, algunas calles del centro parecen un extraño reino de hadas, un universo tecnicolor de divinidades languidecidas, postradas en el intento de establecer, de una vez por todas, su feudo de placer y fantasías. Allí las encuentra uno, revoloteando, congeladas en una esquina, bajo una luz fluorescente, estregando su sexo sobre las ropas, retornando de su desdoblamiento, de la dimensión paralela a que las arrastran las aspas del ventiladorcito de su cuartucho bajo el peso y el sudor ajenos, hurgándose entre las tetas, tetitas, tetotas, o contoneando su ensayada lubricidad hacia los cielos, insinuándose, altaneras, en una fermentada penumbra multicolor de una juerga interminable, luctuosa.

Efrén se recuesta en la pared de una de las columnas del puente, resguardándose la espalda en el concreto ­– quizá alguien más necesite ampararse de la lluvia, también, y, al no tener donde, en vez de echarle labia buscando un cupito, le zampe una puñalada como método infalible de disuasión -. Se cubre la cara con un trapo curtido que hace las veces de sábana, no tanto para pasar desapercibido, como para terminar de desconectarse de las demás formas de miseria que casi nunca comprende del todo: La de la muchacha que estudió ingeniería, quería ser médico y terminó siendo cajera de un autoservicio, la de la mujer que a pesar de su belleza, inteligencia, refinadas artes amatorias e independencia económica, soporta los ultrajes y las desfachateces de su marido borrachín, la de los funcionarios (¿Dis-funcionarios?) públicos que vacunan a todos los incautos bajo la premisa de una presunta celeridad en los trámites laberínticos e interminables, la de los inermes martirusuarios del maquiavélico sistema de salud y sus ruines mercaderes… en fin, tantas otras miserias que desfilan frente a sus ojos muchas veces perdidos en otra parte.

10:30P.M 18°C. Ahora estamos bajo un fuerte aguacero que no parece con intenciones de dar el brazo a torcer mientras llego a buscar mi moto. El Bolívar, en su plaza, ya cercano a los cincuenta años, encuerito y galopando, imponiéndose a la sociedad mojigata que resintió su llegada, tomando sus curvas poderosas y sensuales como un vil asalto a la buena moral pública, sin poder llegar a entenderlas como una singular muestra de belleza plástica. Esa misma sociedad que trata a sus hijos de sordos: Pereiranos… se les dice que se sienten y… ¿Qué cuenta podrá dar este refrán tan hijueputa de la autoestima de esta sociedad miope? ¿Qué imagen pretenderá proyectar mostrándose con semejante facha, remolcando esa visión desgraciada, como ufanándose de ella?

Tomé una ruta inverosímil para llegar a mi casa hacia el sur occidente de la ciudad: salí del centro buscando la avenida 30 de agosto, alcanzando la ferrocarril, pasando el viaducto, para volver por la Badea sobre la variante Turín – La Popa, donde volví a tomar la 30, sólo para volver a verlo. Al pasar a su lado bajé la velocidad casi hasta detenerme, cosa que notó al bajar un poco su sabana hasta descubrir sus ojos. Nos saludamos con un gesto de la cabeza y la mano, bajo la lluvia incesante. Cada que paso lo busco y a veces logro verlo junto a un carro de mercado con todo lo que tiene en la vida o saltando de un lado al otro de la vía sin percatarse del todo del tráfico muchas veces salvaje que en cualquier momento lo podría embestir.
Muy pocas veces me ve.

Me salí a la carretera, caminé, corrí, caminé, volví a correr hasta encontrar un lugar donde poder refugiarme. Me escondí entre las malezas, con casi todo el cuerpo metido en la cañada, esperando a que terminaran. Ya habían terminado, al parecer. No sonaban sus ametralladoras después de varias horas de haberse abierto paso en la trocha de la montaña con pipetazos y granadas. Empecé a llorar. Apenas llegaron sus ametralladoras empezaron a sonar. Estaban de espaldas, en el filo. Volvieron a sonar las ametralladoras y yo me dije que no quería oír más y por eso corrí. No vi casi nada porque papá nos metió en el beneficiadero y lo cerró por fuera. Salí por la marquesina y corrí hasta alcanzar la carretera sin poder traerme conmigo a mamá ni mis hermanitos. Ni siquiera oí cuando terminaron las explosiones. Caminé, corrí, caminé, y volví a correr, hasta venir a parar acá. Acá seguí caminando y aún no he dejado de hacerlo ni creo que vaya a parar.

A mí las piernas ya casi ni me sirven, sabe –me dijo la tercera o cuarta vez que hablamos -, pero con esta vainita la mente me lleva a cualquier parte… ¿me entiende? Esa es la jugada.

Llegó a Pereira, huyendo, como muchos, y desde entonces no ha vuelto a saber de su familia, ni ha vuelto a su pueblo. Al llegar se sintió desubicado y no precisamente a salvo. Con el pasar de los días aprendió a memorizar los perfiles de aquellos que hacen el recorrido habitual, todas las mañanas y noches, atravesando la plaza Victoria. Viste prendas que no son de su talla y una barba espesa cubre su rostro de un color imprecisable por las diferentes capas de suciedad que se superponen en él. Su olor es difícil de describir, tan fuerte e insoportable para la mayoría, atenuado pocas veces por esporádicos baños en algunas caminatas por las laderas del río.

No sé cuál de los dos tuvo más miedo de la otra presencia, la segunda vez que nos topamos: ¿podría agredirme, robarme, insultarme? Lo seguí hasta el parque de la Libertad, tropezando de acera en acera, empujando su carrito de supermercado y me senté frente a él, viéndole de reojo por largo rato. ¿Desechables? ¿Son, acaso, una botella de plástico que se tira a la basura y, sino, contamina? Le temblaban las manos y, cuando fijaba su mirada, no era la mirada de un resentido social, ni un suicida, tampoco la de un asesino ni un desequilibrado mental. Era la mirada de un niño. De un niño nervioso. Angustiado. Superado por una angustia que no entendemos y nos empeñamos en ignorar, aumentando sus estragos. Tuve que irme. Él, quizá ni siquiera me había notado, yo sólo era uno más de tantos, probablemente otro de esos autómatas que deambulan sin mayor sentido, sin rumbo aparente, por los zaguanes de su casa, las calles del centro.

Un tiempo largo después, volví a verlo, de nuevo cerca al parque de la Libertad. Aparentaba estar un poco más calmado. Sabía que le miraba. Podría tener mi misma edad, podría ser yo el que estuviera en su puesto y él en el mío, podría ser a mí… Ese día no hablamos, le ofrecí algo de comida cuando pudo acercárseme. Tengo hambre, dijo. Yo no pude más que mirarlo con impotencia. ¿Usted me saludó la otra noche en el puente? – Preguntó sin apartar la vista de su desayuno -. Me sentí apenado. Si, dije. Nos pillamos, entonces – me dijo – nos hablamos, levantándose del andén junto a la panadería y pasando la calle hasta alcanzar, nuevamente, el parque y su carrito. Es un toxicómano, bien, es evidente, pero, ¿desde cuándo, cómo, por qué? Atrás quedaron los mugidos de las vacas, el brillo de los cafetales bajo la luz de la luna, ese frio entrañable que trepa las montañas con un enternecedor silbo entre los ramajes y las cañadas, los huesos de sus queridos sin identificar en alguna fosa perdida. Él mismo…

Probablemente nadie note su ausencia, ni en el puente, tampoco en el pueblo, ni en ninguna otra parte. Notarán más bien su presencia, aún más incómoda, en alguna morgue, el día que ya el cuerpo no le soporte más o no lo soporten más en estas calles. Igual da.

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