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jueves, 14 de marzo de 2013

DEL CLIENTELISMO DE LINCOLN Y EL DE URIBE



Si bien, la más reciente película del aclamado director Steven Spielberg es – por muchas razones – una gran obra, no pretenderé hacer, en lo siguiente, consideración alguna acerca de la cinematografía del filme: Lincoln, cinta que le mereció su tercer premio Oscar como mejor actor principal al británico Daniel Day – Lewis; pues no sería, la mía, la opinión más experta en este campo. Sólo anotaré, del tratamiento dado a la historia en el filme, que me sentí inconforme con la evasión de la trama de la conspiración para el asesinato del presidente y los hechos del crimen en sí. Esperaba que, con toda la fuerza narrativa, la belleza de los diálogos y la fotografía del filme, se mostrara la venenosa y retorcida madeja que tejieron los odios desmesurados de los que fue objeto el 16to presidente de los E.E.U.U luego de proclamar la emancipación de los esclavos en enero 1863 y la aprobación de la 13ra enmienda en enero de 1865. A pesar de mi inconformidad, dejar este tema – determinante en la transición del Lincoln histórico y rabiosamente controvertido, en peligro de perpetuarse como el propiciador y prolongador del más sangriento conflicto de la unión, hasta entonces, al Lincoln mítico, fundacional del espíritu humano, incontrovertible. Sobrehumano. – reducido a un escueto y poco dramático anuncio en el proscenio del teatro Grovers durante una pausa de una representación de Aladino, sin siquiera nombrar a los conspiradores y al asesino, quizá tenga la intención de acabar de darles el lugar que terminaron mereciendo en la historia norteamericana, contraria a su pretensión de hacerse héroes de la confederación y la nación, al desaparecer a quienes ellos consideraban un tirano.

Bien, dejando de lado el filme como tal, comentaré acerca del “acto de corrupción llevado a cabo por el hombre más puro en Norteamérica, para lograr la más alta conquista del siglo XIX”, parafraseando un comentario del senador Thadeuss Stevens. El señor Lincoln, como lo muestra la película, se sirvió del clientelismo para lograr su objetivo de abolir la esclavitud mediante la 13ra enmienda. El señor Uribe se sirvió, a su vez, del clientelismo para asegurarse el trámite la reforma que aprobaría su reelección. En ambos casos, las mayorías necesarias en el legislativo para su aprobación, no estaban garantizadas y los medios empleados por ambos gobernantes para lograrlo fueron muy parecidos en su forma que, no faltará el uribista que pretenda justificar con ello la actuación del susodicho.
Al juzgar este procedimiento, como muchos otros actos, sino todos los de un jefe de gobierno, puede ser rechazado o justificado dependiendo de la manera en que se aborde. Lo que no cabe admitir es la comparación entre los fines buscados en cada uno de los casos y llegar a reclamar por el tratamiento – tan distinto - dado a  la persona de cada uno de los ex presidentes nombrados. Faltaba más. Empecemos a preguntarnos por la validez de la opción de comprar votos para alcanzar la aprobación de un acto legislativo. ¿Es legal? No. Ni en al Norteamérica de Lincoln, ni en la Colombia de Uribe. Por tanto, de lo que más deben cuidar los clientelistas es de no ser descubiertos para evitar los rigores de la ley o, en su defecto, como es corriente en Colombia, prolongar, aumentar, ramificar y demás, la corruptela, para eludir el peso de la ley. ¿Es correcto? Depende de la forma como se mire. Acogiéndonos al principio Maquiavélico de que, en virtud del fin, se justifican los medios, se pueden validar éste y muchos otros procedimientos políticos. Sin embargo, esta validación no estima como correcto o incorrecto el procedimiento al no ser una consideración moral del asunto, sólo una descripción general del proceso. La moral puede no ser única e invariable, de acuerdo a la cultura en la cual se analice. En nuestro caso, en la cultura occidental, la moral tradicional es la cristiana y, en concordancia con su visión, el engaño, la componenda y la perfidia, el clientelismo y las demás corrupciones son incorrectas. Sin embargo, si nos atenemos al principio adoptado por la iglesia católica de que, de dos males, el menor, podríamos, sin objeciones, el clientelismo en busca de abolir la esclavitud. No creo que haya, pues, quien considere lo contrario o, acaso, ¿Es preferible conservar es rectitud en las formas de trámite de una enmienda constitucional que reivindicar la dignidad y el respeto que merecían y merecen millones de marginados? En este caso, siguiendo con otro señalamiento hecho por Maquiavelo, deponer las concepciones personales – así sea de manera parcial -, para alcanzar el bien general es indicativo de una adecuada gestión del gobernante. Aunque, hay que decirlo, el presidente Lincoln se traiciona a sí mismo, un poco, para alcanzar no sólo un bien común, sino un interés personal – muy superior al interés reeleccionista – y la legalización de un principio  más elevado, cambiando el rumbo de la historia. En virtud de su fin último, el clientelismo de Lincoln, Seward y compañía, fue blanqueado en el inconsciente colectivo y la historia de su nación y la humanidad.

En nuestra Colombia, la actual y la histórica, el clientelismo ha sido una práctica común y corriente entre nuestros dirigentes sin que, hasta donde recuerdo, ésta práctica haya sido empleada ni una sola vez en busca de un bien superior que afecte a la gran mayoría de la población, sino todo lo contrario. Quizá, sólo quizá, puedan escapar a esto los próceres. Y, entonces, ¿qué del clientelismo de la era Uribe? Acá nos encontramos con el hecho de que, por más que el señor del Ubérrimo creyera que era y es la salvación de nuestro país, su fin último no era ni es ningún bien superior para la mayoría del país. La posible comparación o correspondencia entre las actuaciones de los dos ex presidentes sólo llega hasta el punto del procedimiento usado para asegurarse las mayorías necesarias en el legislativo. A Mr. Lincoln se le acusaba de tirano, a pesar de haber logrado su presidencia –en ambos periodos constitucionales – mediante el voto popular y no endilgarse poderes desmesurados incluso en plena guerra de secesión y el señor Uribe se autoproclama como un demócrata, dando más muestras de tiranía que de democracia en sus actuaciones gubernamentales. Asumiendo la hipótesis de que Mr. Lincoln fuera un tirano es preferible, para mi gusto, un tirano sopesado, consecuente con su realidad y con las necesidades de sus gobernados, ecuánime, abolicionista y que no actúe en detrimento de muchos sino a favor de todos y no un demócrata grandilocuente, temerario, intimidador y con ínfulas mesiánicas. En Colombia no vivimos una auténtica democracia, ni nos representan, en general, los miembros del poder público. En una sociedad plenamente democrática, sus miembros deben tener garantizado, ante todo, su derecho a la libre expresión, de desarrollo de su personalidad y de disentimiento ante el estado oficial de las cosas. En Colombia, esto no es posible. ¿A cuántas personas no se cierran las puertas del mundo laboral si se declara abiertamente homosexual? ¿A cuántos no se reprime y discrimina, en los mejores casos, si se opone y expresa, abiertamente, su contradicción, sus reparos y sus denuncias frente al establecimiento? A los miembros de la “democrática” sociedad colombiana les corresponde adaptarse y/o camuflarse para no ser segregados en esta sociedad que se ufana de garantizar, en el papel, los derechos fundamentales de sus miembros. Todo esto, perpetuado y retorcido por medio de las componendas clientelistas de nuestros dirigentes. Clientelistas Lincoln y Uribe, comparables, no.

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