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lunes, 30 de julio de 2012

VARIACIONES 2


No me gustan los lugares llenos de personas, ni siquiera en la sensualidad de un baile en una discoteca atestada, ni el frenesí de un encuentro deportivo y menos, mucho menos, si no reconozco a nadie. Los únicos tumultos que tolero son en mi pueblo: Tumultos escasos... viendo quemar un castillo en el atrio de la iglesia o la pirotecnia de una vaca loca y pateando bolas de candela en el parque centenario; un baile de caseta en alguno de los colegios de bachillerato, una corraleja o una rueda de cumbia de ¡racamandaca! Uno de los peores tumultos que existen son los de las estaciones del transporte público, sobre todo el masivo, aunque casi siempre trato de esperar a que pasen las oleadas de gente corriendo como locos para hacer intercambio o abordaje de ruta: Afortunadamente no he tenido que usarlos cotidianamente y puedo incluso conservar la distancia de una analista de las constantes afugias de sus usuarios: Lo peorcito es en Bogotá y la peor estación que me ha tocado hasta el momento es la del Ricaurte, sobre la 30. En la estación del masivo de Torre de Cali, siempre me gozaba los carrerones de la gente y la lucha por meterse a como diera lugar en los buses, muchas veces sin respetar a los abuelitos ni las mujeres embarazadas.
Me gusta la gente que al saludar da la mano con firmeza y sin dudas. La que te mira a los ojos al hablarte y confiesa sin temores su ignorancia sobre algún tema. Me sorprenden las mujeres que sonríen cuando las miro, lo normal es que te ignoren o a lo sumo te tuerzan los ojos: Si ellas supieran que es preferible la orgullosa torcida de ojos a la informalidad de la indiferencia, pero las que más me gustan son las que no se dejan intimidar y, en ocasiones, se adelantan y me da un buen día o una sonrisa.
Así sólo sea una miradita...
No me gustan los bola de hilo, la gente espantajopo, esos que andan por el mundo hinchados de apariencia como pavos reales y, sobretodo, los que pontifican sobre temas en los que no han hecho más que intentos mediocres y grandilocuentes: Detesto los predicadores que se creen depositarios de la Verdad Absoluta y ven en los demás a despreciables pecadores o pobres ignorantes y, en el peor de los casos, a potenciales enemigos por el sólo hecho de pensar diferente, así la diferencia sea mínima… Me molestan, también, los aduladores, lambones, ¡chupamedias profesionales! Sobre todo aquellos que se exponen a la burla pretendiendo ser quienes no son y saber lo que no saben para sentirse parte de un contexto. Detesto la verborrea vacua y, sin embargo, me encanta conversar, contar historias y que me las cuenten así sean falsas o su verdad sea de otro tipo: Fantástico, mágico, real maravilloso, surreal, el que sea, siempre y cuando el primero en creerla sea su narrador: Suelo conversar largamente e ir recogiendo historias sin que mis interlocutores se den cuenta que estoy analizando su forma de contar historias y almacenando información para poder contarme la mía. No soy un ladrón, pero tampoco un creador de la nada de las cosas que creo, siento y pienso: Sólo soy un continuador y en ocasiones iniciador, las menos de las veces un finalizador de versos, estrofas y cantos que puedan sobrecoger o perturbar, divertir, informar, asombrar y, ojalá, siempre acompañar a eventuales lectores. Yo no tengo mucha idea de qué es la poesía, quizá porque soy un campesino en esencia y porque no he leído lo suficiente como para ser un erudito: Si hay cosa que me llega a exasperar es la crítica académica que se inventa cosas donde no las hay: Influencias, obsesiones, imágenes y demás fruslerías... Para mí la poesía es algo que tenga equilibrio en su contexto general, sobre todo cuando internamente  guarda diferentes matices e intensidades: Que sea coherente en conjunto y que tenga cohesión. Fuerza. Ritmo. Identidad. La poesía no solamente es escrita, claro y mucho menos solamente en verso. Ahora, hablando del poema: Este se agota en sí mismo: Es autosuficiente. Sucede que los que se hacen llamar poetas tienen la fanfarrona costumbre de no decir nada, como si el poema y el poeta pudieran ser sin comunicar y comunicarse, como si la poesía toda fuera un arrebato del inconsciente más parecido a un sueño, aun delirio, que a un orgasmo: La forma del poema no se agota en sí misma, de nada sirven los divertimentos del lenguaje si no contienen, si no pueden estremecer, conmover, pues la poesía, como todo arte se nutre de la emoción, del sentimiento. Estos pirotécnicos con su técnica y sus experimentos matan, con ello, a la Poesía. A la poesía que puede estar bien clara y mejor dicha y llorada y cantada en un tango, un paseo, un son montuno, un pasillo, un blues, una carranga... Hay cosas que ningún gran poeta a dicho mejor que José Alfredo Jiménez, Julio Jaramillo, Gustavo Gutiérrez, Miguel Matamoros, Discepolo, Tom Jobin, Miles Davis o Simón Díaz y, sin embargo, ¡no se hacen llamar poetas! La poesía está presente, para mí, en las cosas naturales. Seguramente por eso no he podido inventar grandes cosas, sino que me limito a tratar de representar las cosas que vivo de la manera más vívida posible, aunque regularmente me quede corto en eso... Yo me nutro, regularmente, de la música: El cerebro, el Universo entero y, por tanto, nosotros, funcionamos a base de oscilaciones con unos ritmos, unas intensidades, unas duraciones y unas frecuencias, universales, perdónenme la redundancia, por lo que, básica y maravillosamente, somos música. Orgánica y funcionalmente, nuestro lenguaje de base, con el cual nos comunicamos incluso con los seres no conscientes es música: Oscilaciones energéticas. En este punto la expresión: NO MUSIC, NO LIFE (Sin música, No hay vida) Es plenamente cierta... Yo a la música trato de absorberla plenamente a pesar de mi ignorancia sobre las leyes de sus gramáticas, al igual que de sus interpretaciones, y de dejarme arrastrar por ella en todas sus fluctuaciones alucinantes; bien sean llenas de tristezas desgarradoras, de alegrías exultantes o de ingeniosas acrobacias armónicas desconcertantes.  He oído de todo, bueno, de casi todo: Cuando quiero relajarme y meditar elijo un tipo de música clásica o reiki, budista incluso o cantos gregorianos. Si lo que quiero es espantarme la pereza habrá otro tipo de música clásica, himnos y marchas preferiblemente, algo de Nirvana o los Rolling Stones, Metallica o Queen, entre otros. Todo depende. Pero si lo que quiero es transfigurarme, levitar, balar y reírme solo y pasar por encima de prácticamente cualquier circunstancia lo que debo es oír música del Caribe: Salsa, Champeta, Cumbia, Porro, Vallenato, Bullerengue, Reggae, Calypso… A mí me transporta el sonido de una flauta de millo: Vuelvo inmediatamente a mi pueblo y a mi casa y a las noches que he pasado recostado a los palos de corralito donde se hacen los músicos en una cumbiamba, para nutrirme de los sonidos terrígenos de sus instrumentos: Me gusta escucharlos en medio de una noche colmada de estrellas y coronada con una luna creciente y coqueta, desde el centro de  una embriagadora y telúrica rueda de cumbia, desde una carroza multicolor en plena Batalla de Flores o desde una moderna tarima llena de luces, cables y micrófonos; pero el que más me gusta es el sonido de la flauta de millo del maestro Aurelio Fernández corrigiendo a su hijo Jaider o a mi hermano David Alejandro: Suena paciente y segura, reveladora, sabia, bondadosa y genial. No se envanece en ningún momento, ni pretende ser el centro y sostén melódico de toda una idiosincrasia: Una identidad. Solamente es, de forma natural, como el devenir del río que en un momento nos da la vida y alimento y en otro nos la arrebata con sus crecientes progresivamente incontrolables. El puente que une su pueblo y el mío y que oficialmente lleva el nombre de un tal Gutiérrez de Piñeres debe llevar su nombre, ni más ni menos: Fue él con su caña de millo y los músicos de su agrupación quien se encargo de tender y mantener un puente de hermandad cultural entre los dos pueblos desde hace más de sesenta años. Se lo merece, ya que no se le ha hecho justicia musical. A mí me gusta oír al maestro Aurelio contar sus historias y cantar sus canciones: Tiene una memoria prodigiosa y una humildad desconcertante: Renunció a la fama, quizá sin plena conciencia, por no poder aguantarse el frío de las estepas Siberianas, ni con Sleeping térmico, los rones más arrechos del mundo... Ginebra, Vodka o ¡Ñeque sin desbravar! Ramayá, el millero más famoso que ha habido lo respeta y después de él, todos los demás que lo conozcan, como Jorge Jimeno que, quizá sea el más famoso de los jóvenes talentos: El maestro es como un niño con ya casi ochenta años: Su arte es su manera de darse al mundo, como si producir su música fuera una forma de redención para quienes acuden en busca de unos pases de su flauta mágica y también, de vez en cuando su manera de sobrevivir con la mezquindad de quienes a base de sus necesidades se lucran vulgarmente y no reconocen en su talento y su maestría un tesoro en vías de extinción, lamentablemente. Me duele no poder estar escribiendo el libro de su vida y no poder traducir al pentagrama o al disco compacto sus creaciones de juglar subvalorado. Espero poder visitarte pronto Yeyo y dedicarte tiempo en escucharte, como siempre, y poder grabar tus conversaciones que siempre son tan amenas, cálidas y formativas.

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