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lunes, 23 de julio de 2012

VARIACIONES 1


                                                                                         A mi tío Chobe,
                                                  Que no deja de visitarme todos los días!
Al despertar y antes de levantarme, me gusta mirar al techo mientras cada una de mis coyunturas va adquiriendo la firmeza y la elasticidad necesarias para sostenerme y transportarme, y adivinar, en sus ondulaciones, el estado del tiempo que se esconde tras el vidrio y el concreto que me amparan en esta ciudad tan distante del pueblito donde me crié. Crecí en Guamal, Magdalena, afortunadamente. ¿Habrá crecido un poco más el río en El Banco esta madrugada, se habrá desbordado de nuevo la quebrada Tamacá en Santa Marta, se habrá salido de madre nuevamente el arroyo de la 21 en Rebolo, cuántos trancones se irán a presentar esta mañana en Cali mientras llueva, ya se habrán formado los promontorios de nubes sobre los que uno conduce, de Pereira a Cartago, en medio de un aguacero torrencial, tanteando entre la neblina espesa las luces de los otros automotores? Antes, poco antes, he ido pidiendo permiso a cada uno de mis músculos, mis tendones y mis huesos, para poder irme convirtiendo por enésima vez en el soñador que todos los días deja su mochila de historias detrás de la puerta para poder empuñar sus otras armas que le ayudan a sobrevivir: Su agilidad para hacer cálculos aritméticos, la obsesión aprendida por anotar casi todas las cosas y su inteligencia espacial que le lleva a preguntar por dónde sale y se oculta el sol y hacia dónde crecen y decrecen las calles y las carreras de un nuevo poblado, antes que su nombre.
Me levanto agradecido de haber podido hacerlo y salgo a enfrentar un día más de tantos...
De vez en cuando sacudo mis sueños y me los calzo en un par de babuchas o los visto en una guayabera y los echo a rodar, para que no se me vayan a oxidar en la monotonía de los días que se nos suceden sin alarmarnos ni en sus obscenidades sangrientas más recurrentes ni en las desfachateces sin nombre de nuestros gobernantes sin vergüenza. Cuando me levanto sacudo esa parte de mí que permanece cansada y algunas veces aburrida. En verdad muchas más veces de las que yo mismo quisiera y suelo recomendar como tolerables: Le mando a dar un largo paseo con una ducha tibia y a veces caliente, cuando el trasnochado gato del medaunculísmo no me quiere soltar, varios pases de una toalla más bien áspera, para que acabe de despertarme, por si acaso, y un par de aspersiones de un perfume que nunca cae mal; menos en estos días en los que la opresión que me taladra las sienes no da el brazo a torcer ni un momento. Me cubro del hombre que no termino de ser yo, para dedicarme a ser uno más, como todos los demás. Otro de esos seres que pasan por la vida como un vegetal, harina de una masa imperturbable que se deja hacer sin rechistar y, sin embargo, no me acostumbro a estar anulado en la multitud anónima. Estoy cansado. Intranquilo. Algo insatisfecho, pero no harto. Yo no tengo muchas cosas: Mas libros que ropa sí, ni más faltaba, pero no tengo un libro en el cual me ampare y con el cual me ande dando a conocer; un libro que me refleje o que me revele, como si de una transposición se tratase. No. Yo cada día voy escribiendo el libro que quiero ser, en el fondo, y en eso me apoyo en muchos textos, preferiblemente de poetas Colombianos, Latinoamericanos, aunque no sabría decir claramente que es un poeta y que lo diferencia de los demás escritores: Hago muchas notas, escribo pocas cosas, pienso muchas, corrijo más y otras tantas mando al pote de la basura o simplemente las voy dejando en remojo con el atemorizante riesgo de que se pudran o se deshagan sin haber llegado nunca a tomar forma. La forma que quiero darles y para la cual normalmente exijo mucho: Quizá por eso no soy tan fecundo...
Eso de no tener mucho en verdad no es tanto pues con lo que tengo me basta y me sobra para estar tranquilo cada vez que me tomo mi tiempo y para estar a tono con los tropeles y las carreras de estos días que no nos dan tiempo para consentirnos. Me escribo todos los días, buscándome en los rostros anónimos tras las ventanillas de los buses o las sonrisas despreocupadas de los niños que juegan en las terrazas de sus casas y los pregones de los vendedores a lado y lado de las calles por donde avanzo, remando sobre las tristezas y las alegrías de los demás compañeros de mi viaje: A veces me encuentro en un lugar inesperado donde nunca había buscado, como en un cartel en una esquina perdida en el laberinto de los días o en un chiste repentino y en un piropo improvisado a una mujer despampanante y fugaz. Surreal.
He logrado casi todo lo que he querido o todo, más bien, pero no al tiempo que deseaba o esperaba, por eso debo dormir tranquilo, pero no lo hago porque soy un tonto y un desesperado: Pareciera que la vida no fuera a alcanzarme y que no fuera a poder decir las cosas que quiero. Por si acaso, de un tiempo para acá, no he dejado de aprovechar el mínimo espacio para decir todo lo que tengo que decir, incluso a los gritos, pues uno nunca sabe el día que se le atraviese un sicario o se le aparezca en la terraza de su casa y lo calle con un tiro en la sien sentado en la mecedora donde abanicaba sus ideas en tertulia festiva con sus paisanos.

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